Los aeropuertos de medio mundo han vuelto a sumirse en un caos de pantallas rojas y vuelos cancelados. Airbus y la EASA han ordenado una parada técnica sin precedentes de 6.000 aviones A320 para aplicarles un parche que evita la "corrupción de datos en el ordenador ELAC". Detrás de este tecnicismo se esconde un recordatorio inquietante de que toda nuestra tecnología digital está a merced del Sol. Cuanto más avanzada, miniaturizada y eficiente es nuestra infraestructura, más vulnerable se vuelve a la meteorología del espacio.
Anatomía de un "bit flip". El pasado 30 de octubre, un Airbus A320 de JetBlue que cubría la ruta entre Cancún y Newark dio un cabeceo brusco hacia abajo sin que los pilotos se lo comandaran. Una investigación del fabricante reveló que la culpable había sido una partícula de alta energía: un neutrón generado por la interacción del viento solar con la atmósfera que impactó en una celda de memoria del ordenador ELAC (Elevator Aileron Computer) con la energía suficiente para cambiar el voltaje de un transistor microscópico de un 0 a un 1.
Este fenómeno conocido como "bit flip" hizo que la versión L104 del software de Airbus interpretara que el avión se encontraba en una situación peligrosa (como una entrada en pérdida). El ordenador hizo lo que estaba programado para hacer: "salvar" al avión bajando el morro para ganar velocidad. Pero problema no fue el hardware en sí, sino que la lógica del software, que en esta versión no tiene la inmunidad necesaria para descartar un dato corrupto. De ahí que no afecte a todos los aviones, y que la solución sea aplicar un parche.
El precio de la ley de Moore. Hace 30 años, los transistores eran ladrillos macroscópicos que necesitaban mucha energía para ser alterados. Hoy, los microprocesadores de los aviones (al igual que los de los coches y los móviles) tienen transistores de la escala de nanómetros. Son tan sensibles que una tormenta solar menor, como la del 30 de octubre, que fue clasificada como G1, tiene el potencial de causar estragos que antes solo esperábamos de tormentas solares catastróficas, como el evento Carrington.
Es el precio que pagamos por la ley de Moore: a medida que los transistores se vuelven más pequeños y operan con voltajes más bajos, se requiere menos energía para perturbar su estado.
Un precedente llamado Qantas 72. Si bien el caso del vuelo 1230 de JetBlue ha acabado afectando a una cantidad insólita de aviones, los veteranos de la industria han tenido un déjà vu. En 2008, el vuelo 72 de Qantas (un Airbus A330) vivió una pesadilla similar sobre el océano Índico. El avión bajó bruscamente el morro dos veces sin previo aviso, lanzando a los pasajeros contra el techo de la cabina.
La investigación de la ATSB australiana concluyó que una de las unidades de referencia inercial de la aeronave había sido impactada por rayos cósmicos, lo que la hizo tomar un ángulo de ataque de 50 grados. La diferencia es que hoy tenemos miles de aviones más en el cielo, más dependientes de automatizaciones, y operando bajo un Ciclo Solar 25 que está demostrando ser más activo de lo previsto.
Más allá de los aviones. El Sol ya nos había mandado un aviso sobre su nuevo máximo en 2022, cuando SpaceX perdió 38 de 49 satélites Starlink recién lanzados. No por fallos electrónicos, sino termodinámicos. Una tormenta solar aumentó la densidad del aire en la atmósfera terrestre, frenando a los satélites en órbita baja hasta hacerlos caer. Fue una tormenta menor, pero suficiente para costar millones de dólares.
Los satélites están más expuestos a la radiación solar y son especialmente sensibles a las tormentas geomagnéticas. En la noche de Halloween de 2003, el Sol jugó a "truco o trato" causando un colapso de 30 horas en el sistema WAAS de la FAA, que es vital para la precisión del GPS en aterrizajes. Si eso ocurriera hoy, con la dependencia actual del GNSS para todo (desde Uber hasta transacciones bancarias), el impacto sería incalculable.
¿Habrá otro evento Carrington? Lo más inquietante del informe técnico sobre los A320 es que el evento desencadenante fue una tormenta geomagnética nivel G1, clasificada como menor. La escala llega hasta G5, clasificada como extrema. En 1859, el Evento Carrington frió las redes de telégrafos de todo el mundo.
Si una tormenta de esa magnitud golpeara la Tierra hoy, no estaríamos hablando de actualizar el software de 6.000 aviones. Estaríamos hablando de la posible pérdida de constelaciones enteras de GPS, daños físicos masivos en la red eléctrica y una parálisis del transporte global durante semanas o meses.
Hemos construido una civilización sobre un andamiaje de silicio extremadamente frágil, y nuestra estrella anfitriona tiene mal genio. De ahí que la meteorología espacial haya dejado de ser una curiosidad científica para convertirse en una misión de primer orden para predecir tormentas solares y preparar satélites, astronautas e infraestructuras eléctricas en tierra ante cualquier posibilidad. Hoy ha sido un parche de software, mañana quizá necesitemos repensar cómo endurecemos toda nuestra tecnología.
Imagen | ESA, Airbus
Ver 0 comentarios